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Incógnita

Incógnita Incógnita (Énigme), c'est le nom que nous avons donné à l'effigie qui préside et veille sur le site Arqueología Ecuatoriana, depuis toutes les fenêtres. Son origine est anecdotique, comme presque tout d'ailleurs dans la pratique archéologique équatorienne. Il s'agit d'une pièce unique, sans contexte connu, tombée entre nos mains de façon très paradoxale.

Interprétation iconographique

Silla Manteña

Revues Apachita Apachita 21 La Lucha Continúa
La Lucha Continúa PDF Imprimer Envoyer
Écrit par Karen Olsen Bruhns   
Samedi, 08 Février 2014 00:12
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En la actualidad, presentar el pasado es una tarea difícil. En efecto, muy poca gente sabe mayor cosa de su historia y mucho menos de su prehistoria, y la enseñanza del pasado en las escuelas es abismal, por decirlo de la mejor manera. Incidentalmente, esta no es una situación aplicable solamente al Ecuador, sino en general a casi a todo el mundo.

Uno de los principales canales para educar a la gente acerca de su historia son los museos, especialmente los grandes museos de historia, arte y cultura. La mayoría de los países tiene al menos uno; muchos tienen un principal (o nacional) en la ciudad capital, y otros más en los centros importantes de población. Este es el caso, naturalmente, de Ecuador, donde cada ciudad grande, y aun muchas pequeñas, tienen al menos un museo histórico-arqueológico. En estos museos se presenta diariamente el pasado del Ecuador a los niños de las escuelas, adultos interesados, turistas extranjeros y locales, candidatos a arqueólogos y expertos profesionales. Dada la amplia audiencia y la importancia de la historia nacional (incluyendo la anterior a la invasión española en la región andina), es esencial que las exposiciones, sus cédulas y otros textos explicativos sean razonablemente precisos y que no sean risibles en términos biológicos ni históricos. Este es el caso principalmente con los dioramas y presentaciones gráficas del pasado antiguo. Stephanie Moser, en su importante libro Ancestral images: the iconography of human origins (Cornell University Press, Ithaca, 1998), señala que la construcción artística, sea ésta una figura individual, una estatua o un diorama, es algo más que una imagen suelta. La reconstruction artística, sea de una figura individual o de una escena que pretenda mostrar el pasado antiguo, está integrando datos biológicos, medio ambientales, arqueológicos y sociales en una sola representación. Y es en el ámbito de los datos sociales donde muchas de estas representaciones acaban siendo terriblemente erróneas. En muchos casos, parece casi imposible olvidar que lo que es una situación cultural normal para el artista (o para el que lo paga), probablemente no corresponde a la que fue en el pasado distante. No obstante, ignorar este elemento crucial es presentar una mentira y ser culpable de presentar información falsa a una audiencia, en gran medida confiada. En otras palabras, es la misma cosa como presentar, en un curso de geología o astronomía, la idea de que el mundo es plano y de que el sistema solar se mueve alrededor de la tierra. Desafortunadamente, tanto patrocinadores como artistas parecen sentirse sublimes respecto a las falacias que imbuyen en su forma de imaginar el pasado, aun cuando, al hacerlo, están presentando falsedades a la audiencia.

Consideremos, por ejemplo, los dioramas del Museo Nacional de Quito. Hay cuatro de ellos, que están allí, presumiblemente, para dar una idea del panorama completo de la prehistoria ecuatoriana. Se trata de los dioramas de la cueva de Chobshi, un sitio paleoindio; Real Alto, una aldea y centro ceremonial valdiviano; La Tolita, una aldea del período de Desarrollo Regional; y una escena de mercado en el Cochasquí protohistórico. Estos dioramas se han vuelto muy populares entre los visitantes que, de otra manera, se quedan en el limbo, mirando sólo las vitrinas de artefactos, arreglados con gusto, pero literalmente sin textos explicativos que indiquen qué artefactos son, cuál fue su uso, o simplemente qué representan. Los dioramas, sin embargo, son muy populares, especialmente entre los maestros y sus estudiantes; y ambos piensan que están viendo una verdadera representación de lo que fue su historia… o sea de cómo se comportaban sus ancestros. Y por cierto, están completamente equivocados, porque han sido groseramente engañados por aquellos en quien confiaban para educarlos.

Primeramente, tenemos el abrigo de Chobshi. Ignoraremos el cabello despeinado y la vestimenta hecha de pieles ásperas en las pequeñas figuras de los paleoindios. Es, además, inevitable en los mundos aparentemente ineducados e ineducables de los artistas y del personal del museo. No importa que las ropas a medida, los textiles de hebras tejidas, las peinillas, y una pléyade de otras invenciones han sido hechas por humanos, muchos, muchos miles de años antes de la ocupación de Chobshi (como por ejemplo, 15.000 años antes!). Son, por tanto, las figuraciones estándar del hombre de las cavernas, y más aún, de cualquier hombre de las cavernas. Los detalles medioambientales y arqueológicos están puestos con muy buen gusto. El abrigo es también fiel al real. Por cierto, las figuras humanas son un poquito demasiadas -¿acaso porque el artista fue pagado por cada figura? El abrigo de Chobshi (porque no es una cueva verdadera, sino un abrigo bajo la roca) tiene 17 figuras humanas (además de un perro, cuya existencia no está documentada en Ecuador hasta la época valdiviana, algunos miles de años después). De estas figuras humanas, 15 son de varones (incluyendo un niño), y dos de mujer. Dejando a un lado la consideración de que un lugar como Chobshi habría tenido una ocupación de 8 a 10 individuos como máximo, y no necesariamente integrados de esa manera, ¿qué hay de erróneo en esta escena? ¿se trata talvez de una explicación tácita de que no había más paleoindias? Bueno, más probablemente no. Es mas bien un ejemplo claro de la imposición en la antigüedad de un subtexto androcéntrico. Los hombres están todos ocupados en hacer cosas importantes. ¿Las mujeres?, bueno, una está ocupada en la fogata y jugando con su bebé (no contado como figura separada) y la otra está acarreando leña. ¿Tenemos acaso alguna evidencia de que estas actividades estaban ligadas al sexo? ¿Por qué no están las mujeres cazando venados o fabricando utensilios de piedra? En efecto, sabemos que, en muchas culturas antiguas americanas, las mujeres cazaban y fabricaban artefactos líticos. O acaso el artista, los curadores y presumiblemente el director del museo, que aceptaron para exhibición esta pieza de tontería, pensaban que solo las actividades masculinas merecían ser representadas. En cuyo caso, ¿por qué los hombres no están ocupados del fuego, trayendo leña y jugando con el bebé? El calor, el fuego para cocinar y los bebés para la continuación del grupo son todos importantes en el esquema general de tratar de sobrevivir. Y ya que lo pienso… ¿dónde una banda de sólo varones habrá conseguido un bebé?

Los otros dioramas tampoco son muy buenos. De nuevo, el escenario físico de cada sitio está muy bien hecho, y el contenido cultural, risible. Real Alto tiene 37 figuras, de las cuales cinco son de mujeres. ¿Y qué estan haciendo ellas? Bueno, una está arreglando el cabello de otra, otra es un cadáver (en el Osario que, según la arqueología, era la sepultura de una mujer extremadamente importante, aunque esto no está aquí nada claro: el cuerpo simplemente yace allí en la cima de la rampa) y las otras tres están tejiendo –una actividad masculina en casi todo Ecuador desde muy antes de la llegada de los europeos hasta el presente- una está preparando la comida, y la tercera está amamantando a un bebé. Y otra vez hay un niño jugando con un perro. En esto sí, al menos, la arqueología apoya la existencia del perro!

La Tolita es aún más grande y con más figuras –presumiblemente tratando de indicar tácitamente que las culturas se estaban volviendo más complejas. De las 69 figuras del diorama de La Tolita, diez son mujeres. Y talvez deberíamos sentirnos agradecidas, porque una ha sido promovida a tomar parte en una ceremonia o, al menos, a llevar la ofrenda hasta que el sacerdote/shamán/jefe la solicite. De hecho, hay tres más en la ceremonia ¿son las sacrificadoras o las futuras sacrificadas? Esto no está claro. Y, por cierto, ¿tenemos alguna información, en La Tolita, referente a mujeres como sacrificios humanos, o se trata solamente de otro vuelo de la imaginación? Talvez se deba señalar que, hasta el surgimiento de los estados más tardíos del Perú, la mayoría de los sacrificios era de varones. Las mujeres son demasiado valiosas como para hacerlas desaparecer en nombre de la religión.

Hay otra mujer que sigue al cadáver (acompañada del niño y su perro), y luego hay tres que están hilando y dos tejiendo. Bueno, ahora sabemos por qué la cultura tolita también se extingió. Dos niños varones, un bebé de sexo no determinado y un perro no son suficientes para formar otra generación en esta aldea grande.

El diorama de Cochasquí tiene cerca de 200 figuras pequeñas, muchas tan pequeñas y sin detalle que vuelven difícil determinar su sexo, a pesar de que visten como los otavaleños contemporáneos, para los cuales el género se distingue en la vestimenta. Cerca de 50 figuras son claramente de mujeres. La mayoría parece estar moliendo y llevando cargas. Y al menos una tiene su inevitable bebé. Otra está muerta. O sea, no hay reflexión sobre el rango de actividades que debieron tener hombres y mujeres en esta tardía sociedad prehispánica, excepto la molienda eterna. Al parecer, el artista confundió Cochasquí con el México central. Toda esa molienda no debería ser necesaria, si se está comiendo tortillas de maíz por docenas. El mote y las papas son alimentos de mucho menor trabajo intensivo. Sin embargo, este es un detalle menor… lo que es evidente en todos estos dioramas es que presentan como virtualmente no existente al 50% femenino de la humanidad. A las pocas que se les permite aparecer, se las ve atendiendo a los bebés o empeñadas en tareas rutinarias, muchas de las cuales no han sido atribuibles al género femenino en el registro etnohistórico –recoger leña tiende a ser tarea de niños y adolescentes; y el tejido es fuertemente atribuido al género masculino en los Andes ecuatorianos. Por supuesto, los individuos de ambos sexos hilan… pero no vemos varones hiladores en estos dioramas.

Ahora, ¿qué debe hacerse? Aquí tenemos una situación que obviamente presenta tontería, sexismo e ignorancia respecto a lo que la arqueología nos ha dicho acerca de nuestros antepasados. Los pequeños dioramas, a pesar de lo bonitos que son, están tan llenos de falsas concepciones, de falta de comprensión básica de la biología mamífera, y acaso de inspiración “talibana” en la reclusión de mujeres (no otra cosa podría explicar las tasas de sexo en estos dioramas), que deben ser removidos y re-modelados. Es un gran desfavor para todos los ecuatorianos ver su pasado representado de esta manera idiota y es un insulto para el 50% de ecuatorianos que son mujeres, verse representadas tan inútiles en el pasado que ni siquiera merecen una pegueña figura en el diorama!

Mise à jour le Samedi, 08 Février 2014 01:38
 

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