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Incógnita

Incógnita Incógnita (Énigme), c'est le nom que nous avons donné à l'effigie qui préside et veille sur le site Arqueología Ecuatoriana, depuis toutes les fenêtres. Son origine est anecdotique, comme presque tout d'ailleurs dans la pratique archéologique équatorienne. Il s'agit d'une pièce unique, sans contexte connu, tombée entre nos mains de façon très paradoxale.

Interprétation iconographique

Silla Manteña

Revues Apachita Apachita 12 Un manuscrit en provenance de Quito dans la chronique de Montesinos
Un manuscrit en provenance de Quito dans la chronique de Montesinos PDF Imprimer Envoyer
Écrit par Ernesto Salazar   
Mercredi, 02 Avril 2008 20:04

Les historiens de chaque pays repèrent les chronistes qui parlent de leur région d'origine, soit d'une façon générale, soit spécifique. Et, bien entendu, ils les catégorisent de par leur degré de fidélité aux faits historiques. Une attention toute particulière est porrée à ceux qui ont parcouru le pays ou quelques-unes de ses régions, car l'on suppose qu'ils auront acquis de l'information de première main. Les chronistes préférés de l'Équateur sont Pedro Cieza de León, qui, dans son voyage de la Colombie jusqu'au Pérou, a traversé le pays, décrivant ses peuples et monuments; Miguel Cabello Balboa en est un autre, qui, en tant que Vicaire Général de Yumbos, a fait la description de la province de Esmeraldas, ainsi qu'un récit bref du soulèvement des Quijos dans la région amazonienne. L'on sait même que Balboa commença à écrire à Quito la première partie de sa "Miscelánea Antártica". Le troisième est Fernando Montesinos, longtemps ignoré, mais sans aucun doute un favori de l'historiographie équatorienne, car il couvre des faits qui ne sont pas mentionnés par d'autres chronistes. Malheureusement, très peu sont ceux qui ont lu l'oeuvre de Montesinos en Équateur, et cela pour une raison très simple: les Memorias Historiales furent publiées au XIXème siècle, la première fois par Vicente Fidel López en 1869-70, et la deuxième, par Jiménez de la Espada en 1882, éditions pratiquement impossibles à se procurer. Les plus récentes, de Horacio Urteaga, en 1930, et celle de Luis A. Pardo, en 1957, ont couru le même sort, ce qui fait que Montesinos continue à être un chroniste inaccessible.

Paralelamente, la historiografía no ha cesado de investigar la producción de este cronista. La última adición al conocimiento de Montesinos es la publicación titulada The Quito manuscript. An Inca history preserved by Fernando de Montesinos (Yale University Press, 2007) de la etnohistoriadora Sabine Hyland (St. Norbert College, EE.UU.). Se trata sin duda de uno de los trabajos historiográficos más exhaustivos de la obra de este cronista, ya que la autora no sólo hace una revisión de todos los manuscritos existentes (al menos siete y de diferentes años), sino que también establece su stemma codicum, o sea la reconstrucción genealógica de los mismos, a fin de reconstruir el manuscrito original. Trabajo muy minucioso, por cierto, ya que las variantes del texto (con omisiones, aumentos o correcciones) deben ser analizadas y confrontadas, tratando de determinar cual de ellas representaría mejor el texto genuino del autor. Según Hyland, Montesinos produjo un texto de cinco libros, eventualmente divididos en dos partes: los libros I, II, y III, agrupados bajo el título de Memorias Historiales y Políticas del Pirú, y los libros IV y V, bajo el título de Annales del Pirú.

Annales constituye una larga cronología de eventos de las Indias (desde 1498 hasta 1642), cuya redacción fue realizada, tanto a base de cronistas (El Palentino, Acosta, Herrera, manuscritos locales, etc.) como de historia oral, recogida personalmente por Montesinos: historias de piratas, vidas de sacerdotes y obispos, y relatos piadosos como los referentes al Santísimo Cristo de Mompox, Colombia, y al origen del culto de la Virgen del Cisne, Ecuador, este último de gran importancia, por haber convertido a Cisne en uno de los más grandes centros de peregrinación del país. Utilizando el manuscrito de 1642 (en la Biblioteca Nacional de Madrid), Hyland recuenta brevemente la aparición de la Virgen, la construcción de la iglesia y los milagros de la imagen. Los historiadores ecuatorianos del culto mariano no han ignorado esta fuente, aunque con un sesgo interesante, que se aclara, justamente, a la luz de la investigación de Hyland. El primer historiador que reseñó el culto de Nuestra Señora del Cisne fue el obispo Federico González Suárez (Historia General de la República del Ecuador, Quito, 1890-1894), quien manifiesta haber obtenido, en la Biblioteca Nacional de Madrid, una copia de un manuscrito de Anales, “enriquecido” con adiciones referentes a Quito, añadiendo: “las adiciones son de autor desconocido, y por eso … las hemos citado indicando que son noticias del Adicionador anónimo de los ‘Anales’ de Montesinos”. La fecha del manuscrito es 1603, año equivocado porque Montesinos llega recién a América en 1628.

Los estudiosos posteriores, entre ellos Julio Matovelle (Imágenes y santuarios célebres de la Virgen Santísima en la América española, Quito, 1910) y el historiador “oficial” de la imagen, Francisco Riofrío (La advocación de nuestra Señora del Cisne, Quito, 1924), no hacen más que acogerse al criterio del gran historiador ecuatoriano, manteniendo la existencia del “adicionador”, y a veces introduciendo otros errores menores. Ahora bien, en documentos históricos, las “adiciones” son casi siempre notas marginales, que pueden ser escritas por el autor mismo o por segundas y terceras personas, asunto que puede ser dilucidado por el historiógrafo, a veces de manera bastante expedita. Al respecto, Hyland señala que Montesinos trabajó Annales, asignando en sus folios un espacio para cada año. Si los textos copiados eran muy cortos, el cronista dejaba vacío el resto del espacio de ese año; pero si eran muy largos, se veía forzado a cubrir el espacio añadiendo notas marginales, a uno o ambos lados del folio. Es probable, pues, que González Suárez haya consultado el manuscrito de 1642, confundiendo las notas marginales de Montesinos con las realizadas por un inexistente “anónimo adicionador”.

En cuanto a las Memorias Historiales, el libro I está dedicado a demostrar que la tierra bíblica de Ofir estuvo en el Perú, uniéndose con ello a una pléyade de estudiosos que buscaban cosas similares en América, como su coterráneo y contemporáneo Antonio de León Pinelo, que trató de demostrar que el Edén bíblico estuvo en Sudamérica. Fuera de sus “pruebas” de un antiguo comercio entre Perú e Israel, y las raíces hebreas de los nombres de algunos incas, el Libro I trae una interesante revisión de la fuentes de oro del Perú y de las leyendas del Paititi. Se sabe que Montesinos estuvo al tanto de la expedición del desventurado Pedro Bohorquez (el Mesías de los Calchaquíes) y que envió a su primo Francisco en una segunda “entrada” al Paititi, de la que muy pocos regresaron.

El libro III se centra en argumentar la justicia de la conquista española de América y la grandeza del monarca ibérico, como base para legitimar la evangelizacion de los indios. Nada especial, fuera de los argumentos bastante conocidos sobre el tema, con lo cual llegamos al libro II, que es el que nos interesa y que versa sobre la cronología de los incas y sus conquistas y expediciones en el territorio del actual Ecuador. Cabe resaltar las referencias a grupos étnicos como Cofanes y Chonos, la campaña de Guayaquil, el conocimiento de las zonas de Calacalí y el Pululagua, el reconocimiento de Atahualpa como ultimo inca, el gran énfasis en la sierra norte, particularmente la guerra inca-caranqui, donde tiene especial brillo la figura de Quilago, elevada a la categoría de mujer emblemática en el Ecuador actual; en fin, la conquista de los Cañaris y la referencia sobre la construcción, por parte del cacique Duma, de un palacio y “otras muchas cassas” para el inca. Al respecto, Hyland sugiere que se trataría de “Ingapirca” que, para nosotros, es el Ingapirca de Cañar. Sin embargo, hay que señalar, primero, que el texto de Montesinos no menciona el nombre ni la ubicación del monumento, y segundo, que el término “ingapirca” ha sido usado, desde la Colonia, para designar cualquier edificio precolombino, no necesariamente inca. En todo caso, se estima ahora que las mencionadas construcciones se encontraban al Sur de Cuenca, entre Cochapata y Nabón. Se trata de las ruinas halladas por Max Uhle (1923) en Dumapara, donde se menciona la presencia de una casa inca “y un número de galpones grandes de origen cañari”. Nótese que el arqueólogo alemán usa, casualmente o no, el término de “galpones”, el mismo que usa Montesinos en el libro II. Otra referencia del mismo lugar, y más antigua, es la que da Humboldt, cuyo pasaje pertinente está reproducido en la pág. 25 de este Boletín.

Además de esta “familiaridad” que muestra Montesinos por la geografía e historia del territorio del actual Ecuador, hay asuntos de carácter general que dan una perspectiva muy peculiar al libro II de Memorias Historiales que, según confesión del mismo Montesinos, fue un manuscrito escrito por un quiteño y adquirido por él en Lima. En acucioso análisis de las fuentes, Hyland trata de demostrar cuán diferente es este libro respecto a los demás de Memorias. Por ejemplo, la famosa historia de los 93 reyes pre-incas, presentada en estructura similar a las genealogías bíblicas y mesopotámicas, no ha sido encontrada en ninguna otra fuente histórica (excepto en Blas Valera). Por otro lado, la visión de los indios andinos, generalmente hostil y poco apreciativa de su carácter en los libros I y III, aparece radicalmente cambiada en el libro II, que mas bien resalta las glorias del imperio inca y su papel civilizador en los Andes. Añádanse a esto, discrepancias de forma, como la distorsion de los nombres quichuas y errores gramaticales, muy peculiares en el libro II, y el lector puede imaginarse ya a Hyland en busca detectivesca del autor del manuscrito original. La autora analiza la posibilidad de varios candidatos, centrándose a mi parecer en la figura de Diego Lobato de Sosa Yarucpalla, un mestizo de Quito, traductor, amigo probable de Valera y acaso autor de una historia aborigen hoy perdida.

Fuera de los asuntos específicamente historiográficos, el libro de Hyland trae interesantes discusiones sobre temas panadinos en los que el manuscrito de Quito aporta con singulares interpretaciones de marco bíblico y cristiano: el mito de los gigantes sodomitas y las transgresiones sexuales, la magia amorosa de las mujeres andinas, el calendario andino y el conteo del tiempo, y los sistemas de escritura andina de quilcas y quipus, que pueden ser de gran utilidad para los lectores no interesados en la intrincada investigación comparativa de manuscritos. Y para terminar con broche de oro su investigación, Hyland presenta, en esta publicación, una nueva transcripcion del libro II de las Memorias Historiales basada en el manuscrito de 1644, de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, que no solo corrige los errores y adulteraciones de las ediciones anteriores (i.e. de Jiménez de la Espada y Vicente Fidel López, entre otros), sino que incluye las transcripciones exactas de las ortografías española y quichua. En suma, un trabajo inteligente y bien logrado, que merece una traducción en español y, si es posible, en Ecuador. Paso, pues, el reto a nuestro flamante Ministerio de Cultura.

Mise à jour le Jeudi, 27 Août 2009 11:53
 

Commentaires  

 
#4 RE: Un Manuscrito Quiteño en la crónica de Montesinosnelson christian 23-03-2016 09:11
informacion por conocimiento de Fernanado de Montesinos
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#3 RE: Un Manuscrito Quiteño en la crónica de Montesinosnelson christian 23-03-2016 09:09
informacion sobre conocimientos de Fernando de Montesinos interesante
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#2 Ernesto Salazar 27-08-2009 15:12
Estimado Sr. Barraza
Revisando mi ejemplar del libro de la Dra. Hyland, noto que tengo subrayada la mención que la autora hace de su trabajo, señalando así su precedencia intelectual en este asunto. Gracias por señalarlo y por darnos la referencia respectiva de su trabajo que, por estar publicado en español, puede ser de gran utilidad para los investigadores de habla hispana.
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#1 Sergio Barraza Lescano 27-08-2009 15:11
Estimado Sr. Salazar:

Con referencia a la relación que existió entre Diego Lobato de Sosa, Blas Valera y Fernando de Montesinos, publiqué hace algunos años un artículo intitulado "La dinastía prehispánica de Fernando de Montesinos: identificación de su fuente" (2005) en el que sugiero que un manuscrito inédito del padre Lobato pudo haber sido empleado como fuente informativa de Montesinos y Valera. La Dra. Hyland revisó una edición de este trabajo publicada en el 2003 y comenta algunas de mis ideas en las páginas 66-67 de The Quito Manuscript... (2007).

El artículo "La dinastía prehispánica de Fernando de Montesinos: identificación de su fuente" fue publicado en: Liliana Regalado de Hurtado e Hidefuji Someda (Editores). Construyendo historias. Aportes para la historia hispanoamericana a partir de las crónicas. Lima: Fondo Editorial PUCP- Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka, 2005.
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