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Revistas Apachita Apachita 16 El Sol de Oro de Guayaquil: verdadera réplica
El Sol de Oro de Guayaquil: verdadera réplica PDF Imprimir E-mail
Escrito por Karen O. Bruhns, Nancy L. Kelker   
Miércoles, 26 de Mayo de 2010 03:17

La produccion artesanal especializada para un coleccionista específico es aún extremadamente común; basta recordar el caso de las piedras de Ica (Perú) o el caso triste del Sol de Oro Número 2 de Ecuador. Este último es particularmente problemático, no solamente porque es una falsificación, sino también porque algunos ecuatorianos parecen estar indignados de haber sido engañados y prefieren insistir en que debe ser auténtico. Bueno, no lo es, y ninguna mueca ni zapateo pueden alterar este hecho. En efecto, se trata más o menos de una fiel copia del Sol de Oro Número 1.

El primer sol de oro tiene proveniencia bastante bien conocida. En 1940, en un lugar llamado Chunucari, cerca de la ciudad de Sigsig, en los Andes meridionales de Ecuador, unos huaqueros descubrieron una pelota de oro estrujada. La vendieron, intocada, a un individuo local que compraba y vendía antigüedade, y este a su vez a Max Konanz, un coleccionista de Cuenca. En los meses siguientes, Konanz y su esposa abrieron laboriosamente la pelota que resultó ser la cara grande (ca. de 44 cm. de alto) de un sol de oro, martillado en el estilo provincial Huari-Pachacamac. Por algunos años, Konanz exhibió el sol en su museo privado, y luego vendió su colección al nuevo Museo del Banco Central del Ecuador. El sol de oro, posiblemente una de las piezas más espectaculares que se conocen de la antigua metalurgia ecuatoriana, se convirtió en el logotipo del Museo y del mismo Banco Central del Ecuador. Sin embargo, en algun momento de esta larga historia, la proveniencia fue cambiada en su ficha de registro –de Chunucari a La Tolita, una cultura ubicada en la costa junto a la frontera con Colombia.

Se desconoce por qué se hizo este cambio radical de procedencia, sin información adicional sobre este objeto, aunque aparentemente una riña familiar entre el director del Museo del Banco Central (también cuencano) y los propietarios originales fue parte del problema. Hay muy buenas razones para creer en la proveniencia original, y no muy buenas para creer en la cambiada, pero esta es otra historia y además una batalla diferente (Bruhns 1998, 2004). Lo que nos importa ahora es que, a lo largo de este embrollo, el sol de oro adquirió un gemelo.

A mediados del siglo XX, uno de los mayores coleccionistas y aficionados de la arqueología del Ecuador fue el rico hombre de negocios Emilio Estrada. Tenía una colección muy grande y selecta, casi toda de materiales costeros, entre los cuales elaborados objetos de oro estaban muy bien representados. Pero no tenía un sol de oro.

En 1953, una fotografía del sol de Quito fue publicada por primera vez en la portada del Boletín de Informaciones Científicas Nacionales, publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Por supuesto, Estrada recibía ésta y otras publicaciones de arqueología ecuatoriana. Y, al parecer, cavilaba demasiado en que le faltaba un sol de oro, razón por la que compró varios soles de oro falsos, mientras trataba de procurarse uno verdadero. Pero, luego de la publicación de la fotografía, y en menos de un año, tenía ya un sol que era virtualmente gemelo del sol de Chunucari. Aunque, usualmente, Estrada era muy locuaz acerca de dónde venían los objetos y cómo los adquiría, esta vez no lo fue. De ordinario, un hombre llamado Julio Viteri era quien compraba antigüedades para Estrada, pero esta vez el mismo Estrada compró el sol, escondiendo su compra, por seis meses, a todos sus allegados, incluyendo Viteri. A diferencia del sol de Chunucari, acerca del cual hay un torrente de anécdotas locales sobre su hallazgo y sus andanzas, nadie ha dicho pío sobre las circunstancias del descubrimiento del sol de Estrada, aunque mucho después se le asignaron varias procedencias extremadamente improbables.

Cuando uno echa una mirada cuidadosa al sol de Estrada ve, por un lado, la asombrosa semejanza con la pieza de Chunucari, y por otro, algunos extraños detalles pequeños que son diferentes. Ambos tienen más o menos la misma altura, el uno 40 cm. y el otro 44 cm. El sol de Quito tiene 46 rayos, el de Estrada 44, y en ambos casos éstos están distribuidos en manojos a cada lado de la cara, y en un penacho encima. Hay algunas diferencias entre los dos, respecto a la distribución de los rayos, pero no es mayor cosa. El sol de Chunucari tiene en el pedúnculo del penacho un pequeño diseño de dos figuras de dragón en antítesis; el sol de Estrada no lo tiene. Los rayos del sol de Estrada son bastante más simples que los del de Chunucari; en este último terminan en cabezas de serpiente con cabezas trofeos humanas en sus bocas. Los rayos del sol de Estrada son simplemente cabezas de serpiente, y carecen de la línea central repujada en zigzag del sol de Chunucari. Ambos tienen las caras delineadas en forma de una curiosa T, pero la del sol de Estrada es más grande que la T del de Chunucari. Las bocas y los ojos son similares, pero la boca del sol de Estrada tiene dientes simples, no colmillos, a diferencia del de Chunucari (una genuina pieza huari tendría colmillos). Además, en el sol de Estrada las orejas están al revés, en modo completamente desconocido para cualquier estilo antiguo sudamericano. En verdad, si se mira cuidadosamente al sol de Estrada y se lo compara con la primera fotografía publicada del sol de Chunucari (fotografia por cierto disponible para todos), se puede constatar que cada diferencia entre el sol de Chunucari y el de Estrada ocurre en sectores donde la fotografía no está muy clara.

Cuando estos pequeños problemas fueron señalados en presentación pública (en un simposio del Congreso Internacional de Americanistas de Quito, en 1997), algunos arqueólogos no podían resignarse a haber sido sorprendidos de esa manera. Uno de ellos inclusive llegó a someter a análisis algunas muestras de ambos soles (naturalmente, existen pedazos rotos; cualquier buena antigüedad los tiene) y, sobre la base de tres análisis, comparando las piezas del sol con dos fuentes de oro de la Costa, declaró que ambos objetos eran de esta región. Bueno, no. Lo que tenemos aquí es un emotivo ejemplo de ciencia mal entendida y de fe ciega triunfando sobre la realidad. Primero de todo: los joyeros de Ecuador adquieren generalmente algo de su oro de los huaqueros. Segundo, una cantidad apreciable de metal arqueológico se encuentra, no en artefactos relumbrantes, sino en pequeños y ordinarios trozos de oro o de orocobre semi corroido (tumbaga o guanín). Por supuesto esto no es vendible n el mercado de antigüedades, pero los joyeros están siem-pre dispuestos a comprar ese oro a buen pre-cio; y, tanto los que fabrican nuevas antigüedades como los que reparan joyería ordinaria, lo hacen a menudo con metal antiguo. Por último, el oro de placer de los ríos costeros proviene de la Sierra. Hay muchos problemas en esto y, aunque cualquier análisis químico es bienvenido, la poca información existente en lo que se refiere a antiguas fuentes de oro, y la falta de análisis de antiguas piezas que son conocidas como tales, hacen que uno no pueda afirmar simplemente que los dos soles sean igualmente antiguos o que compartan la misma proveniencia.

El otro problema es que, aparentemente, los arqueólogos y los curadores involucrados no dieron un vistazo al papeleo oficial que existe sobre la compra de la colección de Estrada por parte del Museo del Banco Central en Guayaquil. En realidad, el sol fue comprado como una réplica moderna, precisamente porque la Junta Monetaria (los chicos del dinero) no consideraba que fuera auténtico. Sin embargo, en ese momento, no estaba separado de las antigüedades, aunque, mirando el asunto restrospectivamente, debería haberlo estado. No sorprende entonces que el objeto haya sido aceptado como auténtico por la gente del museo. El hecho de que la única presencia huari conocida en Ecuador está en los Andes meridionales no fue considerado como importante, especialmente ante la circunstancia de que el sol de Chunucari iba a ser asignado una nueva proveniencia por parte del Director del museo de Quito, por razones que siguen siendo oscuras (Saville y Segarra 2000).

En todo caso, tener su propio sol de oro fue igualmente importante para el museo de la Sucursal Mayor de Guayaquil, como lo fue para Emilio Estrada. El sol falsificado continúa en exposición y es movilizado por el mundo en exposiciones viajeras, como si fuera la cosa verdadera. Por supuesto no hay como negar que sea un sol de oro real, sólo que no es antiguo. Y es además mucho más atractivo que la serie de réplicas de plástico del sol de Chunucari, cuyo objeto real, por razones de conservación, seguridad, o pereza, no ha sido visto en Quito por muchos años. Que hay bastante de comportamiento lamentable en las historias de ambos soles es otro asunto, que, como siempre, no parece molestar al personal del museo.

En suma, parece que Estrada mismo mandó a fabricar el sol de oro, o acabó convenciéndose que el que llegó en secreto a sus manos era auténtico. Se sabía que estaba interesado en soles de oro, y aquello podría haberse constituido en clara tentación para algún joyero con gusto por la reproducción y una copia de la fotografía publicada. Se sospecha que un numero apreciable de joyeros de Guayaquil producía artefactos para el Sr. Estrada; sería un milagro si no lo hubieran hecho. Avistar un cliente crédulo y producir artefactos específicamente para él es práctica común, pero generalmente no se lo ha hecho en tan gran escala como en el caso del Museo de Oro de Lima.

Karen Olsen Bruhns, 1998, Huaquería, procedencia y fantasía: el caso de los Soles de Oro del Ecuador, Boletín del Museo del Oro 44-45:183-205, Bogotá. Id., 2004, Huaquería and other bad behavior: the case of the Golden Sun of Sigsig. Ponencia presentada en la 44ª Reunión Anual del Institute of Andean Studies, Berkeley, CA. Marshall H., Saville, y Guillermo Segarra Iñiguez, 2000, El tesoro de Sigsig, Ecuador, Biblioteca Ecuatoriana de Arqueología, Quito.

Tomado de Karen O. Bruhns y Nancy L. Kelker, 2010, Faking: the Ancient Andes, 2010, pp. 66-72, Left Coast Press, Walnut Creek, CA. Reproducido con autorización de las autoras y del Editor. Traducción E. Salalazar. El sol que encabeza el artículo es el de Guayaquil, y el de arriba del Museo del Banco Central.

Última actualización el Miércoles, 26 de Mayo de 2010 08:30
 

Comentarios  

 
#4 superGuest 28-10-2013 19:16
:D :D ta genial
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#3 Para enriquecer el debateGaëtan Juillard 21-09-2010 14:05
Una discusión sobre ese artículo ha sido abierta en la sección de debates y problemáticas científicas: arqueo-ecuatoriana.ec/.../...
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#2 Sol de oroErnesto Salazar 04-09-2010 03:27
Sr. Constantine: La Dra. Karen O. Bruhns es una arqueóloga de amplia trayectoria que ha publicado varios libros de arqueología y un sinnúmero de artículos científicos en las más importantes revistas de la profesión. Además, conoce los telones y entretelones de la arqueología ecuatoriana, y sabe lo que dice y por qué lo dice. De hecho, “El sol de oro de Guayaquil” no es contribución exclusiva para Apachita, sino un fragmento que consta en el libro citado arriba. Lo que ha hecho el editor es lo que debe hacer, en este caso, traducir lo más fielmente posible el texto y el espíritu del mismo. Si usted proporciona la evidencia adecuada de que la Dra. Bruhns está equivocada, estoy seguro que la investigadora la acogerá con gusto, dándole a usted el crédito respectivo por sus acotaciones.
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#1 El sol de Oro de Guayaquil: verdadera réplicaAngelo Constantine 03-09-2010 11:22
He leído el documento de la arqueóloga Karen O. Bruhms
El quinto párrafo menciona sobre Julio Viteri. Me parece que la Sra. no ha revisado la vida profesional del arqueólogo Julio Viteri. Al parecer la Sra. K.O.B. no ha leído sobre la profecionalidad de Julio Viteri y ponerlo como comprador de piezas arqueológicas para Emilio Estrada ella se encuentra equivocada.
Julio Viteri fue uno de los primeros arqueólogos nacionalistas para este país.
Reconocido a nivel nacional e internacional
Sr. Salazar ud como responsable o editor de la revista debería de observar estos comentarios dañinos.
Angelo Constantine C.
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