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Los obeliscos egipcios, obsesión occidental PDF Imprimir E-mail
Escrito por Andrea Yánez A.   
Martes, 06 de Marzo de 2007 12:54

La civilización egipcia es una de las más enigmáticas del mundo. Y entre los monumentos emblemáticos que nos han dejado los antiguos egipcios (v.g. las pirámides de Giza, los cientos de templos, como Luxor, Karnak, Edfú, Abú Simbel, etc.), ninguno es talvez más enigmático que los famosos obeliscos. 

 

Estos inmensos bloques monolíticos, generalmente de granito rojo de Aswan, son de sección cuadrangular, terminados en una punta llamada “piramidón”, con altura que fluctúa entre 1 m. y 30 m. Los jeroglíficos tallados en sus costados, y que aumentan de tamaño a medida que se acercan al piramidón, tratan acerca de los sucesos que impulsaron la creación de dicho “tején” (obelisco, en árabe). Generalmente erigidos en parejas, estos monumentos están cargados de simbolismo religioso.
El obelisco representa una ofrenda al dios Ra, y el piramidón simboliza los rayos del sol que ilumina la tierra. Cuenta la leyenda que Set dio muerte a su hermano Osiris y dividió su cuerpo en doce partes, que fueron dispersadas por todo Egipto, excepto una que fue ocultada. Isis, esposa de Osiris y diosa de la magia, belleza y fertilidad, se encargó de buscar todas las partes y las unió con su magia, cayendo finalmente en cuenta que, al faltarle una parte de su amado, le era imposible completar el cuerpo de Osiris para tener un hijo con él. En tal circunstancia, Isis convirtió a Osiris en obelisco y ella se transformó en halcón hembra que, al posarse sobre el piramidón, quedó embarazada de Horus.
El conocimiento de la cultura egipcia despertó en Europa la obsesión por los obeliscos que, poco a poco, encontraron camino hacia las plazas de las ciudades occidentales. Sin embargo, en la cantera de Aswan se encuentra aún el famoso “obelisco inacabado”, una mole de granito de 40 m. de altura, que la reina Hatchepsut pensaba ofrecer a los dioses como el obelisco más alto del imperio. Una fisura existente en la piedra detuvo la terminación de esta obra, permitiendo a los egiptólogos reconstruir el proceso de elaboración de los obeliscos.
Se ha determinado que inicialmente se hacía un corte, posiblemente con bolas de dolerita, a los costados del bloque, introduciendo luego en las fisuras trozos de madera de sicomoro, a los que se les humedecía para forzar la dilatación y expansión del granito. El tallado de los jeroglíficos se realizaba en la misma cantera, pero solo en tres de los cuatro lados del monumento. Posteriormente, era transportado en embarcaciones especiales, a lo largo del río Nilo, y luego colocado en tierra sobre trineos de madera para llevarlo a su destino final. Una vez en el templo, el monolito era levantado con cuerdas o palancas, según el tamaño y su peso, sobre un lecho de arena. Para el tallado del cuarto lado, se construía una rampa de arena de la altura del obelisco, reduciéndola paulatinamente de altura, a medida que los jeroglíficos eran esculpidos desde el piramidón hacia abajo. En los toque finales, en algunas ocasiones, se procedía a recubrir con oro la mitad del obelisco, como puede observarse aún en uno de los obeliscos de la reina Hatchepsut, en el templo de Karnak.
La fiebre del arte antiguo, que surgió en Occidente, ha determinado que mucho del patrimonio cultural egipcio se encuentre regado por el mundo. Hay actualmente obeliscos en Estados Unidos, Roma, Francia, Inglaterra y Turquía, cuya posesión es defendida por estos países por una variedad de razones. Algunos afirman que los tienen porque fueron regalos del gobierno egipcio en agradecimiento por un favor recibido. Tales son los casos de los obeliscos que se encuentran en el antiguo hipódromo romano de Estambul, Turquía, o el de Washington, que al parecer fue donado por Nasser en reconocimiento al gobierno norteamericano por la ayuda prestada en la construcción de la represa de Aswan. La mayoría de los obeliscos que se encuentran en Roma fueron llevados por los emperadores, luego de la conquista de Egipto, o simplemente replicados para dar mayor alegría a sus plazas.
 Los obeliscos de la Piazza della Trinitá dei Monte, de la Piazza de San Pietro, de la Piazza del Popolo, de la Piazza de S. Giovanni in Laterano, etc., todos tienen su propia historia. El más famoso se encuentra en la Plaza de la Concordia de París. Unos dicen que un gobernante egipcio lo cambió a las autoridades francesas por un reloj que está colocado en el patio de una mezquita egipcia y que ni siquiera funciona. Otros dicen que la esposa de Napoleón lo pidió como presente a Champollion, quien lo trasladó a París y lo levantó en la plaza mencionada el 22 de octubre de 1836.
De los 27 obeliscos egipcios conocidos, solo quedan 6 en Egipto. Sabemos que todos éstos deben retornar a su lugar de origen, pero las autoridades pertinentes han dado oídos sordos a las quejas egipcias y de la comunidad internacional. En este asunto, la presión de los arqueólogos debe desempeñar importante papel, ya que sus argumentos podrían ayudar a Egipto a la recuperación de su patrimonio cultural. 

Última actualización el Viernes, 18 de Mayo de 2007 10:37
 

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