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El Gran Viaje de Stephen PDF Imprimir E-mail
Escrito por José Luis Barrera   
Viernes, 21 de Septiembre de 2007 14:41

La puerta de la estancia se abrió repentinamente y un grupo variopinto de soldados, alguaciles, alcaldes, indios y mestizos entró atropelladamente. Los dirigía un oficial joven con un sombrero brillante.
– Señores, sus pasaportes –ordenó, extendiendo la mano hacia los extranjeros que para ese momento se habían levantado de sus hamacas. Uno de los hombres de la expedición explicó en español el carácter de la misma y la razón que los llevaba por aquellos lugares, al tiempo que entregaba los papeles que los acreditaban como diplomáticos.

A continuación se produjo una discusión un tanto ridícula sobre el tamaño de las hojas de papel en que se imprimían los pasaportes y, sin otra razón, los extranjeros fueron arrestados. El oficial insistió en que se le entregaran todos los documentos y se sometieran, pues no podrían ni avanzar ni retroceder hasta que el general Cascara, quien les había entregado los salvoconductos, le remitiera más información desde Chiquimula.

Al mismo tiempo, otro de los extranjeros, perdiendo su paciencia, estalló en una perorata acerca de lo que significaba el respeto a los embajadores y cómo éstos habían mantenido su inmunidad diplomática desde tiempos remotos, culminando con una amenaza hacia el oficial, quien, según su opinión, no era más que un miserable mequetrefe que atraería la ira de los Estados Unidos del Norte.
Evidentemente esto no impresionó a ninguno de los presentes que insistieron en que se debía acatar sus órdenes. El jefe de la expedición, entonces, se negó a entregar los pasaportes, subrayando que si los deseaban, tendrían que quitárselos por la fuerza. Los soldados elevaron sus rifles y los apuntaron hacia la cabeza de éste, mientras el hombre que minutos antes había mostrado los salvoconductos, gritaba en francés: “Déjeme disparar, monsieur, verá como los dispersamos."
En ese momento entró otro oficial quien hizo bajar los rifles y ordenó que los extranjeros escribieran una carta dirigida a Cascara para que él, personalmente, solucionara la situación. El caso es que, a medianoche, se repitió la irrupción en la estancia, donde se le devolvió la misiva al extranjero. Ya sin poder soportar más la situación, éste perdió los estribos y mandó a todos sus hombres a desenfundar sus pistolas, explicando con tono poco conciliador que estaba dispuesto a producir una carnicería si no se les dejaba continuar con su viaje. Pocos minutos después, todos montaban en sus mulas y partían en busca de Copán.
Aunque esto parezca una escena de una película, la verdad es que se trata del preludio de uno de los viajes más extraordinarios para la arqueología del mundo. El grupo de extranjeros, encabezado por un abogado de
Nueva York de nombre John Lloyd Stephens y su amigo, el dibujante inglés, Frederick Catherwood, habían viajado hasta América Central empujados por una escueta información, sacada de crónicas de viajeros, que hablaba de la existencia de muros de piedra en medio de la jungla. El gobierno de los Estados Unidos había corrido con los gastos de la expedición, nombrando a Stephens como encargado de los negocios de ese país en Centroamérica. Sin embargo, esto no logró mitigar los peligros que debía asumir el grupo de extranjeros, pues la Confederación Centroamericana se hallaba en medio de una terrible guerra civil en la que caudillos, jefes militares e idealistas se enfrentaban irremediablemente.
Por lo demás, el viaje se realizaba por selvas pestilentes, cuyos vapores pútridos, conjuntamente con las picaduras de mosquitos, terminaban siempre por enfermar de fiebres a los extranjeros. Es, precisamente, en estas condiciones que los aventureros, cubiertos de lodo y arañados por las espinas de infinidad de plantas selváticas, arribaron a un pueblito llamado Copán, a orillas del río del mismo nombre, donde entablaron amistad con los habitantes, volviendo al día siguiente a internarse en la jungla.
Pronto, a pesar de sus dudas, encontraron un gran muro de piedra con escalinatas que conducían a una especie de terraza que, por la espesura de las plantas, era imposible de precisar su longitud. Dudosos de que se tratara de una estructura construida por nativos, se abrieron paso con los machetes, hallando ahora un objeto extraordinario oculto entre bejucos y lianas. Se trataba de una estela de casi cuatro metros de altura en la que aparecía en relieve un hombre imponente y de rostro atemorizante, flanqueado por una gran cantidad de misteriosos jeroglíficos.
Dejando a Catherwood en la complicada tarea de dibujar el hallazgo, Stephens penetró aún más en la selva y a su paso encontró hasta catorce estelas, más escaleras y terrazas, además de una gran variedad de monumentos, todos de una belleza extraordinaria, que en nada tenían que envidiar a los de Egipto o Europa. De todos modos, los problemas no terminaron para los exploradores con el descubrimiento de Copán, pues toda la ciudad se hallaba bajo el espeso follaje, cosa que imposibilitaba el trabajo de Catherwood, de manera que se vieron obligados a requerir la ayuda del pueblo para despejar en lo posible la vegetación.
La cooperación de la gente no se hizo esperar. Sin embargo, cierto individuo se hizo presente y mostró unos papeles que lo certificaban como dueño de los terrenos donde se asentaban las ruinas. En varias ocasiones el
hombre insistió sobre el asunto, hasta que Stephens tomó la decisión de adquirir por cincuenta dólares todo el lote. En todo caso, a nadie dejó de sorprender la compra, más cuando a los ojos de los habitantes aquellos terrenos no tenían ninguna utilidad. Juzgándolo por loco, el dueño vendió al extranjero las ruinas y así éste tuvo toda la libertad de hacer sus trabajos y exploraciones. De todos maneras, no se sintió satisfecho, pues por su mente rondaba la idea de que aquella no podía ser la única urbe; su majestuosidad indicaba, irrefutablemente, que se trataba de una gran civilización capaz de haber construido muchas y quizás hasta más extraordinarias ciudades.
No se equivocaba. Stephens viajaría por Centroamérica, haciendo descubrimiento tras descubrimiento, todo lo cual quedaría recogido en su libro de 1842 Incidents of travel in Central America, Chiapas and Yucatan, considerado como una obra de extraordinario valor y que está apoyada en los dibujos de Catherwood, muchos de los cuales son la única evidencia de ciertos monumentos que han vuelto a ser cubiertos por la selva. El viaje de estos hombres tuvo tal relevancia para la arqueología, como el descubrimiento de Troya o el de la tumba de Tutankamon, por lo que aún hoy, cuando se mira los grabados de la primera estela que descubrieron, no se puede dejar de cerrar los ojos e imaginar a Stephens y su gran viaje…
Última actualización el Jueves, 27 de Agosto de 2009 10:02
 

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